lunes, 27 de enero de 2014

Artículo: Europa sin ciudadanos

EUROPA SIN CIUDADANOS

Artículo

Europa existe. Intercambiamos libremente bienes y servicios (en Canarias no, hay aranceles), cambiamos de residencia sin excesivos problemas, compramos con la misma moneda y nuestros equipos de fútbol juegan la Champions League. Además está Eurovision y Euronews. Todos ellos símbolos que deberían inducir a la cohesión del continente. Sin embargo, Europa, no tiene ciudadanos. Conclusión a la que llego tras observar detenidamente el escenario –en realidad un erial– que es hoy en día Europa, y que desde luego no estaba entre las hipótesis de partida de la tesina doctoral que llevé a cabo entre el 2002 y el 2005, y que posteriormente fue publicada por el Instituto Andaluz de Juventud en 2006. Período lógicamente anterior a la crisis económica, y que a todas luces se ha revelado también social, o de identidad, además de política.

Y es que, contradiciendo algunas de aquellas hipótesis, jamás hubo algo parecido a una identidad europea. Por identidad podemos entender el proceso de construcción del sentido atendiendo a un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, al que se da prioridad sobre el resto de las fuentes de sentido (CASTELLS, 1996: 28), y que sólo se convierten en tales si los actores sociales los interiorizan y construyen su sentido en torno a esa interiorización (Ibid., 29). Y no ha sido éste el caso.

Las hipótesis de partida eran cinco, y una de ellas, sobre todo una, ha sido completamente refutada con el devenir de los acontecimientos, al menos desde el año 2008, cuando la economía estalló por los aires –o se pinchó– y con ella lo poco que se había construido en favor de algo así como una identidad europea, y que nunca trascendió de una identidad burguesa inalcanzable para la mayoría de los muy localizados y escasamente interconectados europeos. Las hipótesis, mis hipótesis, y no voy a profundizar en ellas pues están disponibles en la publicación que fue el origen de esta reflexión (Los estudiantes Erasmus. Proyecciones extraacadémicas de un programa europeo, páginas 27 y 28), básicamente venían a exponer que:
1)           Los programas de estudio europeos (beca Erasmus principalmente), no sólo cumplen una función educativa, sino que contribuyen a la conformación de una conciencia de pertenencia a Europa.
Y que:
2)           Tales programas de intercambio, posibilitan la creación de una red de redes de relaciones y que pueden ser instrumentalizadas para diversos fines por parte de sus integrantes.
Lo segundo, opino que se va cumpliendo, pues los jóvenes europeos con un capital cultural elevado y un capital económico suficiente, mano de obra cualificada perfectamente intercambiable entre sí, y actualmente impulsada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, siguen estando ahí. El éxito de la beca Erasmus es un hecho indiscutible, como indiscutible es que aunque el capital es global, y las redes de producción del núcleo están cada vez más globalizadas, la inmensa mayoría del trabajo es local, de tal manera que sólo una mano de obra especializada de élite, de gran importancia estratégica, está verdaderamente globalizada (CASTELLS, 2005: 186).
Pero la primera hipótesis, la que tenía que ver con la identidad, ha hecho aguas, sin más. Y ni mucho menos se ha desarrollado una identidad paneuropea que atravesase todas las estratificaciones sociales más allá de agrupar a una pequeña nueva élite que se mueve por Barcelona, Bruselas o Berlín como quien se pasea por el jardín de su casa, si es que tiene. Una casa, quería decir. Los jóvenes europeos, pues, no acumulan identidad europea, quizás sí unas dosis nimias, sino capital social, entendido no como un bien colectivo de toda una comunidad, sino como un recurso individual, propio, basado en redes de relaciones duraderas, y que puede ser rentabilizado para diversos fines (BOURDIEU: 2000), como viajar, buscar trabajo, acceso a determinada información, etc. Por tanto, y en lo que respecta al desarrollo de una identidad europea, más bien ha acontecido lo contrario, y ahí están los movimientos antieuropeos –por no usar el término euroescéptico, un eufemismo como otro cualquiera– surgidos en partidos políticos y naciones enteras.
Dijo Lisón Tolosana en “Las máscaras de la identidad” que la conciencia del yo se hace posible, se adquiere y se conoce en la alteridad, por el reconocimiento del Otro (1997: 9). Y debe de ser así. Al menos yo lo pienso. Pero en Europa, de momento, no debemos conocer todavía a ese Otro, pues la conciencia del yo no brota por ningún poro de este pequeño continente con siglos de guerras, nacionalismos y separatismos a cuestas. Y ya no puedo estar de acuerdo conmigo mismo cuando escribí, apoyado en las teorías de Turner (1980), que la bandera europea constituía el símbolo dominante de Europa, en el sentido de que aquélla no representaba un medio para, sino un fin en sí misma. Sí, me equivoqué, lo reconozco. El fin en sí mismo, o el símbolo dominante, era, y es, el mercado, común, europeo.

Por Carlos Benítez


Descárgate el artículo en el siguiente enlace: el guelde en la cazuela

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Dicho todo esto, y para no quedarme con mal sabor de boca, pongo a vuestro servicio una pequeña novela que tiene como protagonistas a un grupo de estudiantes de intercambio europeos y americanos en la ciudad de Sevilla, que fue donde realicé la mayor parte del trabajo de campo de la tesina doctoral que hoy he mal desgranado un poquito.





El sol del sur






Lecturas vinculadas:



Los estudiantes erasmus. Proyecciones extraacadémicas de un programa europeo









LA ERA DE LA INFORMACIÓN (VOL.1): ECONOMÍA, SOCIEDAD Y CULTURA. LA SOCIEDAD RED (EN PAPEL)








LA ERA DE LA INFORMACIÓN (VOL. 2): ECONOMÍA, SOCIEDAD Y CULTURA. EL PODER DE LA IDENTIDAD (EN PAPEL)








PODER, DERECHO Y CLASES SOCIALES (EN PAPEL)









LAS MASCARAS DE LA IDENTIDAD CLAVES ANTROPOLÓGICAS (EN PAPEL)









LA SELVA DE LOS SÍMBOLOS: ASPECTOS DEL RITUAL NDEMBU (EN PAPEL)












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