miércoles, 11 de diciembre de 2013

Artículo: Capital social y Ciudadanía


 Capital Social y Ciudadanía


"Las heces de un perro en mi acera. Un caso práctico"

Artículo

Dado que la persona se individualiza sólo en la sociedad, la calidad del Desarrollo Humano se define en la forma de vínculo social que caracterizan a determinada sociedad”.
Lechner, N. (1999). Desafíos de un Desarrollo Humano. Individualización y capital social.

Robert Putnam
Y por vínculo social no me refiero, exclusivamente, a Google+, Facebook o Twitter, entre otros, que sin duda constituyen un tipo de vínculo social predominante en nuestra época, sino a aquellos vínculos que gobernaban hace tan solo diez o quince años, y que aún parece, no lo descarto, que lo siguen haciendo. En cualquier caso, medie o no la tecnología (internet), lo cierto es que el capital social, entendido como “aquellos rasgos de la organización social como confianza, normas y redes que pueden mejorar la eficiencia de la sociedad” (Putnam, R. Making Democracy Work, 1993, 167p), no rigen en algunas ciudades donde vivimos. De hecho, al menos me pasa a mí, a medida que uno circula o camina por pueblos, ciudades e incluso regiones enteras, observa que se produce una estrecha relación entre capital social y desarrollo económico-cultural-humano, de modo que a menor desarrollo económico-cultural-humano, menor capital social, y viceversa, a riesgo de trivializar los conceptos empleados, que no es mi intención. Y aunque pueda parecer insubstancial, o algo menor, dicha relación se manifiesta cotidianamente en múltiples y variadas acciones de las que ni siquiera nos percatamos o simplemente las obviamos. No me refiero entonces a las sociedades con buenos o aceptables índices de capital social –que, aunque es complejo, se puede medir–, sino a las que carecen de él o bien todavía tienen mucho camino que andar para acumularlo.
El hecho de que haya subtitulado este artículo “Las heces de un perro en mi acera. Un caso práctico”, a modo de ilustración, considero que está justificado. Y es que la calle, en ausencia de capital social, se entiende como un territorio neutral, peor aún, de nadie. No es mi casa, y por tanto, en él, todo es dable según mis propios intereses. No lo sentimos como algo colectivo, como algo de todos, y es, por así decirlo, un “no lugar”, salvando las distancias con lo que Augé planteó en su libro Los no lugares. Espacios del anonimato (1992), y que por tanto asumo como una licencia que me concedo al traer dicho concepto, y sus implicaciones, aquí.
Si nos distanciamos un poco de los significados y aplicaciones del concepto de capital social más prolíficos (en áreas como la democracia, participación ciudadana, participación política, desarrollo local y rural, etc.), y miramos más de cerca nuestra realidad diaria, podríamos llegar a la conclusión de que, efectivamente, muchas de nuestras ciudades –con sus ciudadanos a la cabeza– escasean en capital social entendido como confianza y cooperación, o aquél si sitúa muy por debajo de los límites aceptables. Básicamente, creo que el principio que se destruye, o que se haya en Babia, es el de solidaridad, pues nada me importa mi vecino o conciudadano cuando saco a mi perro ladrador –que, ¡por favor!, jamás mordería a nadie...– a pasear por un parque colmado de niños, o cuando al regresar a casa dejo que Beethoven haga sus necesidades en el portal anterior –nunca en el mío–. Pero los perros no tienen la culpa, y esto no es una cruzada contra ellos, pues de hecho encontramos más casos, innumerables, en la carretera, por ejemplo cuando detengo mi coche en una mini rotonda para que se suba o se baje alguien, o en los pasos de peatones, cuando acelero para pasar yo primero antes de que el viandante me haga frenar. Incluso en los parajes naturales, al dejar el clínex tirado por ahí después de limpiarme… Es decir, prácticamente en cualquier contexto y lugar. Y si nos vamos a escalas más grandes y actualmente archiconocidas, encontramos la prevaricación, el fraude, o el robo a secas. Si bien, aquí, prevalece el concepto de capital social en su acepción más formal, esto es, la que tiene que ver con la democracia y las instituciones públicas, y no es el objeto de este artículo.
En definitiva, a mayor solidaridad, confianza y cooperación, mayor será el capital social de una sociedad o de una comunidad, y, en consecuencia, mayores tasas de desarrollo humano tendrán. Una sociedad más vinculada entre sí (no solo a través de las redes sociales de internet), que coopera, que confía y se ayuda, será más desarrollada, tomando con precaución este término, el de desarrollo, que tanto daño ha hecho en algunos continentes. Y únicamente por medio de la Educación (pública o privada; reglada o familiar; religiosa o laica), y más ampliamente a través de la Cultura de una sociedad, -sin olvidar la inversión en esa clase de capital que más nos suena, el económico-, podrá hacerse realidad la transformación, -quizás haga falta una revolución-, desde una sociedad con bajos índices de capital social a otra donde:


Tu libertad termine
cuando menoscabes la de la mayoría

Me vea libre del acoso

del chucho sin collar, pero que no muerde

Libre de torturas cuando el niño,

con el beneplácito de papá, y entre chirigotas,
destroza el paraje natural con milenios de antigüedad

Y libre de que estampe mi coche contra la cuneta,

porque alguien decidió detener súbitamente el suyo,
sin intermitentes, sin conmiseración, por mí, y los que conmigo van

Sí, eso es el capital social, libertad. 

Aunque no lo parezca
y aunque nos cuelen otra clase de libertad,
que en verdad no tenemos.


Carlos Benítez, diciembre de 2013

*Puedes descargarte este artículo en pdf en el siguiente enlace: el guelde en la cazuela

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Y un caso práctico:




Lecturas vinculadas:










PARA QUE LA DEMOCRACIA FUNCIONE: LAS TRADICIONES CÍVICAS EN LA ITALIA MODERNA (EN PAPEL)












LOS NO LUGARES: ESPACIOS DEL ANONIMATO. UNA ANTROPOLOGÍA DE LA SOBREMODERNIDAD (EN PAPEL)


Nota: En la web de La Casa del Libro esta obra aparece, seguramente un error, incorrectamente titulada en la ficha descriptiva.




Nota: pido disculpas por el uso, quizás abusivo e interesado, de los conceptos de capital social y desarrollo humano traídos a colación, ya que sin duda están investidos de una mayor complejidad que la retratada en este artículo. También a todos aquellos que puedan haberse visto ofendidos por tomar como ejemplo a un animal, el perro, que no tiene la más mínima culpa en los hechos descritos.




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