martes, 21 de enero de 2014

Artículo: Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo


Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo
Wittgenstein, Ludwig (1921). Tractatus logico-philosophicus

Artículo


Que políticos y economistas –también periodistas– recurran repetidamente al uso de eufemismos para, de una parte amortiguar, y de otra legalizar y dotar de cientifismo a sus alocuciones y, ciertamente, a sus acciones, es perverso. Pero que los límites de su –nuestro– lenguaje sean los límites de su –nuestro– mundo, es descorazonador y siniestro. Wittgenstein fijó la idea (Tractatus: §5.6). La política y la economía están haciendo el resto.
El trasvase de términos, conceptos e ideas, por ejemplo del campo médico (inyectar liquidez, resfriado-estornudo de la economía, depresión económica, evolución positiva de tal o cual tasa, índice o mercado, etc.), o del campo… no sabría definirlo, ¿¡aeroespacial!?: desaceleración, impulso, aterrizaje suave, desviación, deslizamiento…, hacia el campo político-económico –no es posible separarlos– con la finalidad, pienso yo, de atribuirse altas cotas de legitimidad, cuando únicamente la ciencia está en disposición de hacerlo actualmente –y esto también es discutible–, constituye toda una realidad como la que abordo brevemente a continuación.

Continuando con Wittgenstein, que una proposición (en el caso que nos ocupa: eufemismo político o económico) tenga sentido, por ejemplo “desaceleración económica” o “reestructuración del mercado de trabajo”, y que por tanto sean lógicamente posibles, no significa necesariamente que sea verdad, es decir, que se produzca en la realidad. Aunque para nuestro filósofo, la proposición –el eufemismo–, sea verdadera o falsa, siempre tiene sentido ya que describe un estado posible de cosas, y ambas conforman la realidad, nuestra realidad. Que los políticos o economistas disfracen las cosas con eufemismos del tipo “paquete de medidas (desde luego que no van en paquetes), “estímulos a la economía” (la economía no es una persona como tú o yo) o simplemente “los mercados” (¿dónde están?, ¿¡quiénes son!?) y que muchos de ellos sean falsos, no implica, pues, que no sean reales y que no nos afecten. Al contrario, lo hacen, mucho, y todos los días. Si la realidad –término impreciso donde los haya– es aquello que puede describirse con el lenguaje (por ejemplo, hay crisis), sigue diciendo Wittgenstein, entonces nuestra realidad, la de hoy día, deja mucho que desear. No solo asistimos a grandilocuentes circunloquios políticos y económicos donde prevalece el eufemismo, sino que también asistimos a la idiotización del debate político y de la programación en general, fundamentalmente televisiva.

Y si el “segundo Wittgenstein”, el de las Investigaciones filosóficas (1953), nos dice que el significado de las palabras y el sentido de las proposiciones –en nuestro caso, de los eufemismos– está en su uso, en su función, es decir, dependen del contexto en el que son usadas (juegos del lenguaje), el asunto no mejora para los que habitamos la realidad, o sea, España, la España en crisis, ya que el lenguaje lo conforma la comunidad entera en la que vivimos (también conocida como “cultura”, en sentido antropológico), y no un ciudadano individual, pongamos por caso el político o el economista. Esto significa, y con esta reflexión concluyo, que la clase política-económica –porque en verdad lo es, no es otro eufemismo, y casi todos aspiramos a estar en ella– es el producto, el resultado o el reflejo, como queramos denominarlo, de la comunidad (España) de la que han brotado sus miembros, y que por tanto, tanta culpa tiene el político que excreta eufemismos como el ciudadano de a pie que entre extrañas risas y chascarrillos, y frente al televisor, pone a caldo al político que cree que le fustiga, para luego deslizarse subrepticiamente hacia el centro comercial y, entre nuevas extrañas risas y chascarrillos, soplarle al dependiente de turno en el momento de extraer la cartera del bolsillo que: “¡Pos ná, jefe, aquí, a ver si al menos contribuimos un poquillo a salir de la crisis!”. Quizás, el ciudadano, quiso decir: “Pues nada, señor, aquí estoy para inyectar liquidez a su empresa y estabilizar la destrucción de empleo”.

Por cierto, ¿alguien sabe por qué se está diciendo “Estao” en vez de “Estado”, entre otros, en las intervenciones públicas de algunos políticos? No dejo de preguntármelo. Será otro eufemismo.
Carlos Benítez


*Puedes descargarte este artículo en pdf en el siguiente enlace: el guelde en la cazuela

Quizás te interese este vídeo relacionado:



Un caso práctico desde la Antropología Cultural:


No hay comentarios:

Publicar un comentario