lunes, 23 de junio de 2014

Arte rupestre en el noroeste de España: Altamira (primera parte)



Panel Principal (Cueva de Tito Bustillo)
Acabo de regresar de un breve aunque intenso viaje de nueve días por la cornisa cantábrica y me gustaría compartir una serie de experiencias e informaciones que tal vez os pueda resultar de interés si alguna vez os movéis por esta sorprendente zona de la Península Ibérica. El viaje consistió en un itinerario que, de este a oeste, me llevó desde Bilbao a Avilés, pasando por San Sebastián (Donostia), Santander, Torrelavega, Ribadesella, Oviedo y Gijón. Para los que quieran viajar a estas ciudades desde Tenerife (que es donde vivo), que sepáis que hay vuelos directos a Bilbao, Santander y Asturias con varias compañías (ojo, el aeropuerto de Asturias está en Avilés, no en Oviedo ni en Gijón).


Cornisa cantábrica (Noroeste de España)
Dado que no contaba con grandes recursos económicos, el recorrido lo llevé a cabo en transporte público: básicamente en autobús, y con la omnipresente compañía ALSA, ¡que parece controlar todos los destinos en el norte de España como si de un monopolio se tratara! Y no es una crítica, todo lo contrario: es muy puntual, tiene buenos precios y es posible reservar billetes por internet muy fácilmente, lo que permite una planificación del viaje con anterioridad (pues hay destinos donde solo llega un autobús o dos al día, y no es cuestión de quedarse sin plaza). De hecho, me resultó más económico y rápido viajar en autobús que en tren, además de que hay destinos donde no llega el tren (casi que la mayoría de ellos, a excepción de las ciudades).

Museo Guggenheim Bilbao (Euskadi)
El objetivo del viaje fue, como para cualquiera que emprenda uno, hacer muchas cosas a la vez: visitas culturales a ciudades (cascos antiguos, catedrales, museos, gastronomía, etc.), algo de turismo activo (tuve la oportunidad de descender en canoa los 15 kilómetros del río Sella por 25€ con Turaventura, una de las múltiples empresas que se dedican a ello en Ribadesella, Arriondas o Cangas de Onís, así como varios pateos por las inmediaciones de Ribadesella para ver vacas, ovejas, caballos, verdes prados y hórreos por doquier), o baños en preciosas y enormes playas (como en la de La Concha en Donostia, El Sardinero en Santander, o Santa Marina en Ribadesella). En muchas de estas playas, y en no pocos paisajes de la cornisa cantábrica, me llamó la atención la presencia de palmeras e incluso de algunas plataneras, propias de climas más cálidos, por no hablar de los maléficos bosques de eucaliptos que mejor estarían allí donde pastan los koalas. Y no lo digo yo; me lo dijo el entrañable y didáctico guía de La Cuevona de Ardines (Ribadesella), de la que hablaré luego.
Dejando a un lado los anteriores y legítimos objetivos, lo cierto es que preparé este viaje con la intención de poder acceder a una serie de lugares en los que jamás había estado y que, sin embargo, llevan ahí decenas de miles de años, por no decir millones de años desde un punto de vista geológico. Estos lugares fueron: El museo de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria) y el Centro de Arte Rupestre Tito Bustillo (Ribadesella, Asturias). Aunque no estaba en mi agenda, estando en Santander (Cantabria) me enteré de otras cuevas con arte rupestre en Puente Viesgo (Cantabria), en concreto la cueva de El castillo y Las Monedas; sin embargo, el no tener coche me pasó factura, pues fue imposible llegar hasta ellas usando transporte público sin tener que modificar sustancialmente el itinerario que tenía fijado, además de que había que reservar plaza para poder visitarlas, reduciendo aún más las posibilidades de cuadrar la visita (quien quiera echar un vistazo a lo que ofrece este conjunto de cuevas rupestres que visite la siguiente página: Cuevas Prehistóricas de Cantabria

Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira

Conjunto de bisotentes (imagen de museodealtamira)
Qué decir de Altamira que no se haya dicho o se sepa ya... que si «la capilla Sixtina» del arte rupestre, o aquello de que: «desde Altamira todo es decadencia», sentencia atribuida a Pablo Picasso. De hecho, recientemente Televisión Española (RTVE) ha emitido un estupendo documental acerca de la cueva de Altamira, de su estado de conservación y del futuro que le espera, y que recomiendo ver en el siguiente enlace: «Altamira, la importancia del original»(en Crónicas, TVE). La información existente sobre Altamira, como es lógico, es ingente, así que hablaré de mis propias impresiones como turista aficionado; únicamente decir, para los que nunca hayan oído hablar de la cueva, que fue descubierta por  descubierta de manera casual por Modesto Cubillas hacia 1868, quien se lo comunicó a Marcelino Sanz de Sautuola, el propietario de las tierras donde estaba ubicada, el cual visitó la cueva por primera vez en 1875. Tuvieron que pasar cinco años (1880) para que Marcelino Sanz publicara el descubrimiento en Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la Provincia de Santander, en el que atribuyó las pinturas al periodo paleolítico. Lo cierto, es que el hallazgo fue desacreditado y olvidado hasta que en 1902 (¡como no podía de ser de otro modo!) el prehistoriador francés E. de Cartailhac publicó Les cavernes ornées de dessins. La grotte d'Altamira, Espagne. "Mea Culpa" d'un sceptique (L'Anthropologie, tome 13:  pp. 348-354.), donde reconocía el valor original de las pinturas de la cueva.

Caras pintadas (imagen de museodealtamira)
En palabras del Museo«Altamira es el primer lugar en el mundo en el que se identificó la existencia del Arte Rupestre del Paleolítico superior.» Asimismo: «Bisontes, caballos, ciervos, manos y misteriosos signos fueron pintados o grabados durante los milenios en los que la cueva de Altamira estuvo habitada, entre hace 35.000 y 13.000 años antes del presente. Estas representaciones se extienden por toda la cueva, a lo largo de más de 270 metros, aunque sean las famosas pinturas policromas las más conocidas. Su conservación en las mejores condiciones constituye un reto científico y de gestión del Patrimonio y es el objetivo prioritario y la razón de ser del Museo de Altamira.» Y «fue incluida en la Lista del Patrimonio Mundial en 1985 por representar una realización artística única del genio humano y por aportar un testimonio excepcional de una civilización desaparecida.»

Museo de Altamira (Santillana del Mar)
Y ahora mis impresiones. El Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira está en Santillana del Mar (Cantabria), un pintoresco pueblo con un conjunto histórico-artístico notable, completamente volcado en el turismo (muchas de sus casas son hoteles, posadas, apartamentos, restaurantes y tiendas), pero, paradójicamente, no en la cueva de Altamira, que se ubica a tan solo dos kilómetros del casco urbano, y a la que se puede acceder incluso a pie (como hice yo) dando un hermoso paseo a la vera de la carretera, parcialmente habilitada desde el punto de vista del visitante peatón y por ello un tanto peligrosa. La sensación fue dispar: de una parte me sorprendió que no se le diera más repercusión a la presencia de la cueva (o del Museo) en el municipio, si se compara con lo que ocurre en las islas Canarias (que es donde vivo), en las que nada más bajarse uno del avión se ve invadido de numerosos impactos turísticos en forma de folletos, carteles, anuncios, vallas publicitarias (que afean el paisaje de una forma inconcebible, por cierto) y toda la información necesaria para llegar a sus principales atractivos. Sin embargo, Canarias no es Cantabria y responde a un modelo turístico completamente distinto (sol y playa básicamente), así que también me alegré de poder alcanzar un hito de la humanidad (Altamira) como quien alcanza la plaza de cualquier pueblo: dando un paseo, sin agobios, casi sin gente, saludando a la anciana sentada frente a la puerta de su casa, sin rimbombantes carteles anunciando el hito, y contemplando prados verdes, animales que suelo ver poco, bonitas casas rurales y un largo etcétera.

Vereda para llegar hasta el Museo de Altamira
Aún con todo, no puedo pasar por alto lo llamativo que me pareció la ausencia en Santillana del Mar de tiendas, negocios y tenderetes turísticos relacionados con la cueva de Altamira, dándome la impresión de que Altamira no debía de estar allí, sino a cien kilómetros de distancia como poco. Si no quieres pasear y tampoco tienes coche, se hace un auténtico suplicio llegar hasta Altamira: hay pocos autobuses que hagan parada en el Museo. Es verdad que Santillana del Mar ya supone en sí misma un gran atractivo turístico que quizá no necesite de Altamira para atraer turistas (muchos de ellos «peregrinos» haciendo el Camino de Santiago), máxime si la cueva original está provisionalmente cerrada al público (ver el documental anteriormente citado). Pero me sigue resultando insólito (y es que sigo teniendo en la cabeza el modelo turístico canario) que la iniciativa pública o privada no haya pensado, entre otras cosas, en un microbús lanzadera que conecte Santillana con Altamira dado el enorme valor histórico (y económico) de ambos. Me dio la sensación, por tanto, de que esos dos recursos culturales-turísticos-económicos tan próximos estaban desvinculados el uno del otro. Igual me equivoco y tal vez se haya hecho así deliberadamente para no saturar de turistas y de «daños colaterales» el entorno de Altamira; o bien está en proyecto y no se ha llevado a cabo por falta de dinero o voluntad.

Colegiata de Santa Juliana (Santillana del Mar)
Dije antes que la cueva original no es visitable, salvo para  grupos de cinco personas que pueden acceder a ella una vez a la semana a través de sorteo presentándose directamente en el Museo, pues la reserva previa tampoco es posible. Y es que desde el 2012, en términos del Museo: «se desarrolla un Programa de Investigación para la Conservación Preventiva y régimen de acceso a la cueva de Altamira. Entre otros objetivos establecerá si es compatible su adecuada conservación con algún régimen de visita pública que, en todo caso, será muy limitado y sujeta a control absoluto.» Y creo que es justo (el sorteo) y necesario (la conservación). Pero merece la pena visitar las instalaciones del Museo y, sobre todo, la denominada Neocueva. Por 3€ se puede visitar todo el recinto (horarios y tarifas), incluyendo, con visita guiada si se prefiere, la estupenda recreación exacta, y en tres dimensiones, de la cueva original. Nunca será lo mismo que visitar la cueva original (nunca lo hice), pero la idea que uno puede hacerse de cómo es, resulta muy real. Hay que felicitar a los artistas que lo hicieron posible. No es necesario reservar para acceder a la Neocueva, si bien hay turnos de entrada, por lo que conviene, nada más llegar al Museo, apuntarse para entrar a la hora que nos convenga. La duración de la visita es de media hora o tres cuartos de hora, no lo recuerdo exactamente, aunque uno puede quedarse a merodear por allí una vez concluida la visita guiada y seguir admirando, por ejemplo, el famoso conjunto de bisontes policromados […]

(Fin de la primera parte)

Descárgate el artículo: el guelde en la cazuela




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